Siempre me ha llamado la atención esa costumbre tan chilena de decirle “seco” a alguien que es talentoso o que domina su oficio. “No, es que el Rod es seco para la foto”. Agradezco el cumplido, de verdad, pero si lo piensas dos segundos con la cabeza fría, el término es una mierda.

¿Desde cuándo lo seco es un atributo positivo? Lo seco es áspero, es estéril, es fome. Nadie quiere un completo con el pan seco, nadie quiere un desierto (no todo el tiempo), y definitivamente nadie quiere sexo seco (a menos que seas un masoquista de la vieja escuela, lo cual no voy a juzgar)

La vida ocurre en la vereda del frente. Lo húmedo es lo que de verdad la lleva. Todo se ve mejor, se siente mejor, sabe mejor y funciona mejor cuando está mojado. Piensa en el motor de un auto bien lubricado, en un buen trozo de carne jugosa, si comes carne claro, si no un buen y sabroso tofu, en el rocío de la mañana sobre la hierba, o en la complicidad de los fluidos en una cama. La humedad es sinónimo de vida, de placer, de textura y de intensidad.

La foto que ilustra este post es un ejemplo perfecto de mi cruzada personal. Es un primer plano, un claroscuro potente, pero el secreto, el verdadero truco de magia que te vuela la cabeza, está en el detalle: ese líquido —que a estas alturas de la vida ya ni me acuerdo si era agua o aceite— escurriendo por el poto en full detalle, mientras el resto del cuerpo se desvanece en perspectiva y fuera de foco. Si esa piel estuviera seca, la foto perdería la mitad de su gracia. Sería una buena foto y punto.

Así que yo me rebelo oficialmente ante el lenguaje local. Cortemos el hueveo con lo de “seco”. La próxima vez que vean un trabajo mío que les mueva el piso y me quieran tirar un piropo, les exijo que usen la terminología correcta.

No me digan seco. Digan la verdad: “El Rod es un tipo súper húmedo, la cagó”.

Suena pésimo, lo sé. Suena turbio, sospechoso y probablemente me gane un par de denuncias… pero técnicamente es innegable.

Bienvenidos al lado húmedo de la fotografía.