A primera vista, poner una barrera física entre el cuerpo de la modelo y el lente de la cámara podría parecer un atisbo de timidez. Una forma de suavizar el desnudo o de poner un parche políticamente correcto.
Pero los que estamos acá sabemos que funciona exactamente al revés.
Ese vidrio empañado por el agua caliente, cubierto de gotas que cortan la silueta en mil pedazos, no está ahí para censurar. Está ahí para transformar al espectador en un voyeur. La barrera no limita la visión; la potencia. Al obligar al ojo a descifrar qué hay detrás del vapor, a buscar las formas de la piel entre las líneas del agua, la toma adquiere una connotación mucho más íntima, casi prohibida. Es el placer de mirar más allá de lo que socialmente se nos permite.
Esa pantalla transparente no separa al que mira; lo llama. Lo arrastra hacia dentro de la ducha. a veces, el misterio puede ser más erótico que la lo obvio.
Esto es una invitación.

